La voluntad de más democracia…
De vez en cuando conviene recordar antes el legado de Rousseau, y no tanto el de Hobbes, para que ningún cínico gobernante ni pensador de nuestro tiempo intente apoyarse falsamente en su nombre para justificar sus propios desmanes.
Por eso vamos a recordar a continuación tres ideas básicas tomadas de tres obras del pensador de la voluntad general con la intención de que iluminen un poco nuestro presente.
1) J.J. Rousseau, en su Discurso sobre Economía Política (publicado en el tomo V de la Enciclopedia en 1755), afirma que, en el buen Estado, no se admitirá el sacrificio de uno por el bien de todos, sino que, al contrario, todos se habrán comprometido a salir con la fuerza de lo común en defensa de uno, de cada uno, de cualquier ciudadano necesitado.
2) La segunda parte del Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1754), de nuestro amigo Rousseau, comienza con las siguientes palabras, bastante elocuentes pos sí solas: “El primero que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y encontró personas lo bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores no habría ahorrado al género humano quien, arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiera gritado a sus semejantes: ¡Guardáos de escuchar a este impostor!; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie”.
3) En su Discurso sobre las ciencias y las artes (1750), recoge, nuestro tenido por fundador de la democracia moderna, la idea platónica del rey-filósofo; que será generalizada por el siglo de las luces y por la instauración de la educación pública y universal. Pues nos dice: “Pero mientras el poder esté sólo a un lado, y las luces y la sabiduría solas a otro, raramente pensarán los sabios grandes cosas, más raramente aún las harán bellas los príncipes, y los pueblos continuarán siendo viles, corrompidos y desgraciados”.
Quizá profundizando en el recuerdo de Rousseau se pueda llegar entonces a combatir, radicalmente, las enfermedades letales que aquejan a la democracia desde su fundación en la antigua Grecia hasta nuestros días:
a) La Hipocresía, la farsa consistente en tomar medidas políticas en nombre del amor al prójimo, de la voluntad general, del interés general, o de los Derechos Humanos, que luego terminan favoreciendo a pocos y perjudicando a muchos. La farsa de las leyes que dicen favorecer a la colectividad y perjudican a todos y cada uno de sus miembros. La aberración de que seres humanos pasen hambre o duerman en la calle, abandonados a la indigencia y a la caridad, sin que la colectividad les socorra con la fuerza de lo público.
b) La Propiedad Privada, que entendemos aquí como el aberrantemente desigualitario reparto de las riquezas del planeta que resulta ahora del sistema económico capitalista.
c) La Ignorancia, la idea errónea de considerar que hay que dedicar sólo una parte de la vida a la formación y el resto de la existencia a la producción y al consumo. Sin cumplir con el deber de estar informados para poder ejercer o demandar, conscientemente, los derechos políticos de hombre y de ciudadano. Para ello no hay que ser ningún sabio, sino que bastará con ser un ciudadano crítico y con estar mínimamente informado. Unas instituciones de enseñanza públicas y de calidad constituyen la única defensa contra la alienación que supone la degradación de la enseñanza común del ciudadano.
Esos tres males, la hipocresía, la propiedad privada y la ignorancia, son sentidos hoy por la gran mayoría de los pueblos como una voluntad de más y mejor democracia. Pero cuando se articula ese sentimiento en una voluntad política y los pueblos piden más y mejor democracia, son entonces declarados sus miembros como terroristas, insurrectos o indeseables, son perseguidos e insultados, si es que no asesinados por los defensores de los poderes establecidos y por quienes dominan gracias a que encarnan esos males que perduran: los hipócritas, los capitalistas y los que se dicen sabios sin serlo.
Nunca llegaremos a un mundo en el que no exista la hipocresía, el dinero o la vanidad, pero al menos tendríamos que llegar a un mundo donde esa trinidad del monoteísmo del mercado fuese mínima en lugar de máxima, pequeña en lugar de grande, estrecha en lugar de ancha, y donde la veracidad, la sociabilidad y la naturalidad fuesen las tendencias predominantes. Fomentar unas u otras tendencias sí que está en nuestras manos.

Simón Royo – Rebelion.org
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