¿La muerte de Dios?
Los Prisioneros: Una mañana los prisioneros salieron al patio de trabajo: el guardián estaba ausente. Algunos se pusieron inmediatamente a trabajar, como era su costumbre; los otros permanecieron inactivos y miraban en torno suyo en forma desafiante.
Entonces uno de ellos se adelantó y dijo en voz alta: “Trabajad tanto cuanto queráis o no hagáis nada; es completamente indiferente. Vuestras maquinaciones han quedado al descubierto; el carcelero os ha espiado últimamente y en los próximos días va a publicar un juicio terrible sobre vosotros. Ya le conocéis, es duro y rencoroso. Ahora bien, escuchad lo que os voy a decir: hasta ahora me habéis ignorado, yo no soy lo que parezco, sino mucho más. Yo soy el hijo del carcelero y tengo influencia total sobre él. Puedo salvaros y voy a salvaros. Pero, ¡bien entendido! Sólo salvaré a aquellos de vosotros que crean que soy el hijo del carcelero. Que los demás recojan los frutos de su incredulidad”. “Pues bien”, dijo uno de los prisioneros más viejos, después de algún silencio, “¿qué te puede importar si te creemos o no?”. Si eres realmente el hijo y puedes hacer lo que dices, intercede a favor de nosotros: sería realmente bastante bondadoso de tu parte. ¡Pero deja a un lado las habladurías sobre la fe y la incredulidad!”. “Y yo ni siquiera te creo”, interrumpió uno de los más jóvenes. “A él sólo se le ha metido esa idea en la cabeza. Apuesto que dentro de ocho días nos encontraremos todavía aquí, exactamente como hoy, y que el carcelero no sabe nada” “Y si él ha sabido algo, ya no lo sabe”, dijo el último de los prisioneros que recién ahora bajaba al patio, “el carcelero acaba de morir repentinamente”. “Hola, vociferaron varios prisioneros, “¡hola! Señor hijo, señor hijo, ¿qué hay de la herencia? ¿Somos tal vez ahora tus prisioneros?. “Ya os lo he dicho”, replicó dulcemente el apostrofado, “pondré en libertad a todos aquellos que crean en mí, lo afirmo con tanta certeza como que mi padre vive aún”. Los prisioneros no rieron, pero se encogieron de hombros y lo dejaron.
Nietzsche, “El viejo y su sombra”, aforismo 84.
No hay artículos relacionados.
